Lectio Daily

Los géneros de la Biblia

Ley, relato, poema, carta, visión: qué es cada género y qué libros lo forman.

La Biblia no es un libro, sino una colección de sesenta y seis —setenta y tres en el canon católico, y más en las iglesias ortodoxas, que no coinciden entre sí— escritos a lo largo de siglos en hebreo, con partes en arameo, y en griego. Dentro conviven maneras de escribir muy distintas: códigos legales, crónicas de reinados, poemas, cartas escritas para una ocasión, visiones. Saber ante qué género estás cambia lo que puedes esperar de la página: un poema no funciona como un informe, y una tira de estatutos no avanza como un relato. Los ocho géneros de abajo cubren los sesenta y seis libros que se leen en este sitio.

Ley

5 libros

Los cinco primeros libros —la Torá judía, el Pentateuco cristiano— no son un código seguido, sino un relato continuo dentro del cual se abren tramos largos de legislación: instrucciones rituales, casos formulados como «si ocurre esto, entonces aquello», censos y genealogías. Se leen contando con que la narración se detiene durante capítulos enteros y luego retoma: Génesis es casi todo relato y Levítico casi todo estatuto.

Narrativa histórica

13 libros

Prosa narrativa que avanza en el tiempo —conquista, jueces, reinados, destierro y regreso, y en Hechos los primeros años de las comunidades cristianas—, con fórmulas que se repiten al presentar y despedir a cada rey, discursos puestos en boca de los personajes y listas intercaladas. No funciona como una crónica moderna: selecciona lo que cuenta, y algunos tramos se narran dos veces, en Samuel y Reyes por un lado y en Crónicas por otro, con una selección distinta cada vez.

Sabiduría

3 libros

Aquí no se enseña con relatos, sino con formas breves y con debate: Proverbios encadena sentencias que se entienden de una en una, Job es una discusión larguísima en verso entre Job y varios interlocutores que no están de acuerdo, y Eclesiastés es una reflexión en primera persona que vuelve una y otra vez sobre lo mismo. Proverbios se lee a sorbos; Job y Eclesiastés piden bloques largos, porque una frase suelta puede decir lo contrario que el conjunto.

Poesía

3 libros

La poesía hebrea no se construye sobre la rima ni sobre una métrica regular, sino sobre el paralelismo: la línea dice algo y la siguiente lo repite con una variación, lo intensifica o lo invierte. Espera imágenes concretas, cambios bruscos de quien habla y formas deliberadas —hay poemas que siguen el orden del alfabeto hebreo, como el Salmo 119 o los cuatro primeros capítulos de Lamentaciones—; gana leída en voz alta y por poemas enteros.

Profecía

15 libros

Son sobre todo oráculos en verso dirigidos a un auditorio concreto en un momento concreto, recopilados sin orden cronológico y separados por tramos de relato sobre el propio profeta. Cambia el que habla sin avisar, con fórmulas que marcan el salto («así dice el Señor»); y la etiqueta de profetas «mayores» y «menores» se refiere a la extensión del libro, no a su importancia.

Evangelio

4 libros

Cada evangelio narra hechos y dichos de Jesús montándolos como una sucesión de escenas breves —una curación, una discusión, una frase— que casi se pueden leer sueltas, y los cuatro dedican una parte muy grande de su extensión a los últimos días en Jerusalén. Mateo, Marcos y Lucas comparten tanto material que suelen imprimirse en columnas paralelas para compararlos (de ahí «sinópticos»); Juan sigue otro plan, con menos escenas y discursos mucho más largos.

Carta

21 libros

Son cartas reales, escritas a una comunidad o a una persona por un motivo concreto, con la estructura epistolar de su época: quién escribe, a quién, cuerpo y saludos finales. Responden a situaciones de las que solo conservamos una mitad, así que hay alusiones que nunca se explican; se leen enteras de una sentada, como se lee una carta —aunque Hebreos empieza sin remitente ni destinatario y se parece más a un sermón, y 1 Juan no tiene ni encabezamiento ni despedida.

Apocalíptica

2 libros

La palabra griega apokálypsis significa «revelación», y así arranca el último libro: alguien recibe visiones y las cuenta en imágenes cargadas de símbolos —bestias, números, escenas cósmicas—, a menudo con un intérprete dentro del propio texto que le explica lo que está viendo. No avanza como un relato ni como un razonamiento, sino por visiones sucesivas que se solapan; como libros completos solo hay dos, pero hay pasajes apocalípticos dentro de otros, como Isaías 24-27, Ezequiel 38-39, Zacarías 9-14 o Marcos 13 con su paralelo en Mateo 24.

Ningún reparto como este es el único posible, y el de arriba tampoco lo es. Muchos libros caen razonablemente en más de un género: Job está escrito casi entero en verso y figura tanto entre la poesía como entre la sabiduría; los Salmos son poesía, y algunos de ellos son además piezas sapienciales; Lamentaciones es un conjunto de poemas que muchas listas colocan junto a los profetas por su atribución tradicional a Jeremías; Daniel aparece aquí como apocalíptico, pero las Biblias cristianas lo imprimen entre los profetas; y Hechos es un relato y a la vez la continuación declarada del evangelio de Lucas. La división misma depende de la tradición: en el canon judío, Josué, Jueces, Samuel y Reyes son los «Profetas anteriores» y no libros históricos, Daniel está entre los Escritos y no entre los Profetas, y los doce profetas menores forman un solo libro, «los Doce». Y en las Biblias católicas y ortodoxas hay libros que aquí no están —Sabiduría y Eclesiástico entre los sapienciales, Tobías, Judit y los Macabeos entre los narrativos, Baruc entre los proféticos— que cualquier clasificación completa tendría que colocar también. Estas ocho listas son una manera útil de ordenar la biblioteca, no su única división correcta.

Un capítulo que cambia de género a la mitad

Éxodo 15 empieza en verso: el cántico junto al mar, con esa repetición en parejas de líneas propia de la poesía hebrea, ocupa hasta el versículo 18. En el 19 el texto vuelve a la prosa del relato, en el 20 y el 21 asoma otra vez el canto —dos líneas en boca de María— y el resto del capítulo sigue el viaje por el desierto. El cambio se nota leyéndolo entero.